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Un prisionero palestino liberado dando un paseo en el exterior del Hotel Tulip, al este de El Cairo.

Liberados pero no libres: los prisioneros palestinos en El Cairo y la gestión del exilio

Tras décadas en las cárceles israelíes, decenas de prisioneros palestinos fueron liberados en el intercambio de octubre de 2025 solo para ser empujados a un nuevo cautiverio: el exilio forzado y la suspensión indefinida de sus vidas en Egipto. En este testimonio político y humano, Rima Najjar relata su encuentro en El Cairo —junto a Jaldía Abubakra— con hombres que sobrevivieron a la prisión sin ser quebrados, y expone cómo la “estabilidad” regional y la complicidad internacional administran hoy la desaparición de la libertad palestina más allá de los muros carcelarios.

Los prisioneros palestinos liberados en El Cairo

La máscara de la estabilidad: gestionar la desaparición de vidas

En El Cairo, mi amiga Jaldía Abubakra y yo nos sentamos con hombres que habían salido de la prisión, pero no habían entrado en la libertad. En sus ojos convivían el alivio de la liberación con el dolor de la incertidumbre.

Vimos su estado a la deriva: una libertad preciosa que se extendía como horizontes de desierto vacío, sin caminos. Vimos su dignidad brillar a través de la desesperación, y nuestros corazones quedaron tensos entre la admiración y la tristeza.

Y, sin embargo, fuimos testigos de algo luminoso: la certeza de que no habían sido borrados —de que las cárceles israelíes no lograron vaciarlos por dentro— y de que seguían siendo plenamente humanos, presentes, capaces de amar pese a todo. Sus espíritus permanecieron intactos tras años de encierro.

Décadas dentro de uno de los regímenes carcelarios más brutales del mundo reconfiguraron sus sistemas nerviosos y su percepción del tiempo. Se volvieron más abiertos a la vulnerabilidad y más resistentes al borrado. Cuidar con pasión les enseñó a aceptar el duelo como parte del contrato —como si el mundo tuviera ahora una brújula moral atravesándoles el pecho, guiando sus pasos y resonando con la lucha inquebrantable de un pueblo.

Para Jaldía y para mí, aquellos días en El Cairo revelaron una colisión de verdades incompatibles: una esperanza que duele, una liberación cargada de pérdida, una alegría que duele, un amor que no puede proteger, una rabia que no puede descansar. Lo que presenciamos fue la vida posterior al cautiverio: un sistema diseñado para sobrevivir a la prisión misma.

Jaldía Abubakra y yo con algunos de los prisioneros liberados:Mohammad Nayef Abu Rabia (Tulkarem) / Raed Abdel-Jalil (Nablus) / Rami Nour (Nablus) / Mansour Shreim (Tulkarem) / Bilal Abbas (Salfit) / Abdel-Majid Hashem (Ramala) / Ahmed Salim (Salfit).
Jaldía Abubakra y yo con algunos de los prisioneros liberados: Mohammad Nayef Abu Rabia (Tulkarem) / Raed Abdel-Jalil (Nablus) / Rami Nour (Nablus) / Mansour Shreim (Tulkarem) / Bilal Abbas (Salfit) / Abdel-Majid Hashem (Ramala) / Ahmed Salim (Salfit).

En la fase de octubre de 2025 del alto el fuego en Gaza, Israel liberó a casi 2.000 palestinos —incluidos 1.700 secuestrados en Gaza y retenidos sin cargos, además de 250 con cadenas perpetuas o condenas muy largas— a cambio de los 20 rehenes vivos restantes de Hamás y la devolución gradual de los restos de algunas personas cautivas fallecidas.

Israel etiqueta a estos hombres como “amenazas para la seguridad” o “terroristas” para criminalizar su lucha y legitimar condenas de por vida o detenciones indefinidas. En realidad, son combatientes por la libertad, encarcelados por una resistencia legítima contra décadas de ocupación violenta, arraigada en la Nakba —la catástrofe de 1948 que supuso la limpieza étnica y la expulsión de más de 750.000 palestinos, la destrucción de cientos de aldeas y el despojo de tierras para establecer Israel, un proceso que continúa hoy mediante la expansión de colonias, los desalojos y la anexión.

La resistencia incluye la organización de acciones contra objetivos militares israelíes y contra los llamados colonos judíos que impulsan la colonización en Cisjordania y Jerusalén, una ciudad sometida a anexión ilegal, desalojos de familias y restricciones de acceso a Al-Aqsa, erosionando siglos de memoria palestina.

Muchos soportaron años o décadas de detención administrativa: encarcelamiento sin cargos, sin juicio y sin pruebas, renovado indefinidamente mediante expedientes “secretos” ocultos tanto a los detenidos como a sus abogados. Este pilar del dominio colonial israelí suprime la resistencia, fractura a las familias y erosiona el tejido social de las comunidades.

De los 250 prisioneros de larga condena, 154 —muchos de ellos “casos emblemáticos”— fueron impedidos de regresar a sus hogares y deportados a Egipto. A enero de 2026, permanecen en un limbo: las reubicaciones en terceros países están estancadas, con menos de dos docenas trasladados a Turquía o Malasia. El resto enfrenta estatus provisionales en medio de negociaciones en curso, confinados en instalaciones aisladas como la de Ain Sokhna, con movilidad restringida, sin derecho a trabajar, acceso limitado a visitas y una supervisión de seguridad constante que reproduce su cautiverio pasado.

Esta suspensión prolongada inflige una profunda carga psicológica: la incertidumbre prolongada erosiona el frágil alivio de la liberación, intensificando el desarraigo y el abandono, mientras perpetúa en la práctica la separación familiar. Los seres queridos en Palestina se arriesgan a perder definitivamente el derecho de reingreso si intentan visitarlos, dejando a hombres que ya pasaron décadas separados enfrentando ahora un exilio indefinido lejos de esposas, hijos y comunidades.

Su resiliencia demuestra que la prisión no logró derrotarlos. Desde los relatos previos al viaje —y ahora las reflexiones posteriores a la liberación— de Mahmoud al-Arda, Ahmad al-Dahidi, Muhammad Imran y otros, todos ellos sobrevivieron a décadas de encierro, a la intensificación de la tortura tras el 7 de octubre y a la indignidad final del exilio.

Al-Arda, el artífice de la legendaria fuga de Gilboa, habló desde El Cairo de cómo la idea de la libertad habitó en él desde su primer día de prisión, hace más de tres décadas, considerando cada acto de resistencia —incluido el túnel excavado con cucharas— como una negativa a permitir que la ocupación lo definiera.

En sus palabras no hay eco vacío, sino el pulso constante de hombres que enseñaron a la prisión cómo es la humanidad: desafío inquebrantable, amor duradero por la patria y una insistencia silenciosa en que ni siquiera el exilio puede borrar el espíritu que sacaron consigo hacia futuros inciertos.

Y, sin embargo, el mundo sigue negándose a hacerles espacio. Esta es la crueldad estructural que Jaldía y yo sentimos hasta lo más profundo: una indiferencia calculada incrustada en políticas y fronteras. Estos hombres son símbolos demasiado potentes para ser ignorados, y demasiado amenazantes para ser aceptados. Así, el sistema suspende sus vidas en un exilio perpetuo, preservando un frágil orden regional que prioriza la estabilidad autoritaria y la complicidad colonial por encima de la justicia, el retorno y la dignidad.

Estos hombres poseen autoridad moral. Despiertan simpatía pública. Activan redes políticas. Para muchos regímenes —especialmente autoritarios— acogerlos de forma visible o empoderada enciende alarmas. La política por defecto es contenerlos discretamente, negarles integración y suprimir su politización, reflejando cómo se gestionan los disidentes en todo el mundo.

Incluso dentro de Israel, algunos expertos y funcionarios cuestionan ahora la eficacia a largo plazo de la deportación, advirtiendo que puede alimentar el resentimiento y el conflicto, del mismo modo que las políticas de reunificación familiar convierten la residencia y el retorno en fichas de negociación.

La mayoría de los gobiernos árabes —en particular Jordania, Líbano, Egipto y los Estados del Golfo— operan bajo un principio no declarado pero rígido: no absorber a palestinos de formas que normalicen el exilio permanente. Jordania ya alberga a millones de palestinos, muchos sin ciudadanía ni plenos derechos. El sistema libanés está desbordado. El Golfo evita poblaciones politizadas, ofreciendo trabajo para mano de obra barata pero no pertenencia.

Los Estados occidentales se escudan en “controles de seguridad”, cupos y sensibilidades diplomáticas, considerando a estos hombres legalmente complejos y políticamente tóxicos.
Lo que parece un retraso procedimental es, en términos humanos, abandono burocrático.

Como dicen los propios hombres, su “verdadera libertad sigue siendo esquiva”. Carecen de estatus legal, documentos de viaje, derecho al trabajo e incluso libertad para abandonar el confinamiento.

La mayoría fue arrestada a comienzos de sus veinte años. Hoy tienen entre cuarenta y cincuenta, cargando vidas interrumpidas en el momento en que empezaban. Sus familias no pueden viajar con seguridad a Egipto: incluso intentarlo puede implicar la negación permanente del reingreso a Palestina. Una madre que abrace a su hijo tras décadas podría no volver jamás a su hogar, a sus otros hijos o a su tierra.
La prisión se reproduce a través de generaciones.

Uno de ellos compartió una fotografía descolorida de su hijo, concebido mediante esperma sacado clandestinamente de la prisión. La imagen contenía una silenciosa insubordinación: la vida persistiendo contra sistemas diseñados para extinguirla.

Ninguno planea volver a casarse, reverenciando a las esposas que esperaron durante décadas. Sus compromisos religiosos y culturales —estructuras de dignidad— sobrevivieron a todo lo demás que les fue arrebatado.

Entre los no casados, ha surgido otra forma de resistencia. Varios han decidido casarse con jóvenes de Gaza que han perdido a familias enteras. Se niegan a atar a mujeres de Cisjordania a vidas sitiadas y exiliadas. Para estos hombres, el matrimonio se ha convertido en reparación colectiva, tejiendo nuevos lazos de parentesco en medio de una pérdida generalizada.

Egipto alberga ahora la vida posterior de un sistema carcelario extendido a través de fronteras. Y hasta este frágil arreglo ha sido remodelado por la intervención de los medios occidentales.

El reportaje del Daily Mail del 25 de octubre de 2025 —titulado “Hotel Hamás”— los retrató como “fanáticos” y “terroristas” disfrutando de lujos en el Renaissance Cairo Mirage City, un complejo de Marriott con gimnasios y salones, separado de turistas. Eliminó la realidad del exilio forzado e ignoró décadas dentro de un sistema carcelario colonial, criminalizando la existencia palestina.

Las consecuencias fueron inmediatas: las autoridades egipcias, citando “engaño periodístico” y la presión de la imagen occidental, los trasladaron a una instalación aislada en Ain Sokhna, a 90 minutos de El Cairo.

La ironía es profunda: lo que comenzó como un encuadre sensacionalista sobre el “lujo” para criminalizar su mera presencia solo aceleró su traslado a un confinamiento más estricto, extendiendo la lógica de la prisión más allá de sus muros —de las celdas al hotel y de ahí al aislamiento remoto— demostrando una vez más que, para estos hombres, la libertad sigue siendo condicional al borrado.

El aumento de la seguridad —vigilancia más estricta, prohibición de salidas a la ciudad, supervisión armada— convirtió la hospitalidad en encierro. Su movimiento, ubicación y trato fueron recalibrados por el miedo alimentado por los medios y por el orden político regional: un orden que protege el poder estatal, gestiona la disidencia y trata la presencia palestina como una amenaza que debe ser contenida.

Lo vivimos en carne propia: fuimos retenidas durante horas por la seguridad egipcia al visitar el hotel original, con nuestras identidades escrutadas bajo la sombra de aquel tabloide.

Su trato sigue el repertorio global del autoritarismo, donde los exiliados disidentes son vigilados, restringidos y neutralizados políticamente. En China, Rusia, Turquía y Egipto, los regímenes persiguen a críticos en el extranjero mediante vigilancia, coerción, amenazas a sus familias y presión sobre Estados anfitriones temerosos de represalias diplomáticas.

Las democracias occidentales también participan: Francia mantuvo a Georges Abdallah encarcelado durante más de cuatro décadas pese a cumplir las condiciones para su liberación, viéndolo como un riesgo de seguridad ligado a la historia libanesa-palestina. Estados Unidos, Reino Unido y Europa imponen prohibiciones, visados restrictivos y detenciones a activistas incómodos.

Dentro de este patrón global, el caso palestino tiene un peso distinto. Surge de una arquitectura colonial que convierte el exilio en una herramienta de desposesión, separando a las personas de la tierra, la comunidad y la pertenencia política. El objetivo no es solo neutralizar la disidencia, sino disolver las condiciones del retorno, convirtiendo el desplazamiento en un horizonte permanente.

Lo que más nos impactó, en medio de esta maquinaria de control, fue una imaginación política expulsada de la vida pública —una que en otro tiempo animó a la región, haciendo de la liberación un proyecto compartido con Palestina como su centro moral de dignidad.

Yasser Arafat ante la tumba de Gamal Abdel Nasser: un gesto de continuidad entre la lucha palestina y el último gran proyecto árabe de liberación colectiva.
Yasser Arafat ante la tumba de Gamal Abdel Nasser: un gesto de continuidad entre la lucha palestina y el último gran proyecto árabe de liberación colectiva.

El Egipto de Gamal Abdel Nasser trató Gaza como parte de ese horizonte. El Estado abrió sus universidades a los palestinos, los integró en la vida cívica y política, y articuló un futuro regional basado en la soberanía anticolonial, la unidad árabe y la justicia social. Palestina no era presentada como una crisis humanitaria a gestionar, sino como una lucha viva que unía los destinos árabes.

En aquella época, los palestinos en Egipto eran estudiantes, docentes, organizadores y actores políticos cuya presencia afirmaba un proyecto colectivo, no una excepción nacida de la lástima o la conveniencia. Muchos de Gaza y de la diáspora se matricularon en universidades egipcias en igualdad o con tarifas reducidas, obteniendo titulaciones que los proyectaron profesionalmente por todo el mundo árabe; otros contribuyeron a la organización panárabe, incluidas las primeras formaciones que desembocaron en la creación de la OLP en El Cairo en 1964 bajo el patrocinio de Nasser.

Figuras como Yasser Arafat estudiaron ingeniería civil en lo que se convertiría en la Universidad de El Cairo en la década de 1950, emergiendo como líderes estudiantiles antes de fundar Fatah.

Los hombres que conocimos en El Cairo llevaban rastros de aquel mundo. Su disciplina, su lealtad a familias sostenidas a lo largo de décadas de ruptura y su negativa a renunciar al compromiso político evocaban la dignidad que marcó a la generación de Nasser. Encarnaban una conciencia nacida cuando la región imaginaba la libertad —una conciencia que sobrevivió al cautiverio, al exilio y al desmantelamiento institucional.

El Cairo de hoy se mueve con otras coordenadas. Nuestro guía turístico, un hombre con décadas de experiencia, comenzó su relato elogiando la monarquía anterior a la revolución de 1952. Cuando le pedí que nos llevara al Museo Gamal Abdel Nasser, nunca había oído hablar de él y buscó la dirección en su teléfono. El museo existe, está abierto y mantenido por el Estado, pero habita fuera de la memoria viva de la ciudad. El legado de Nasser perdura como patrimonio curado, no como brújula política: conservado como objeto, no como horizonte vivido.

Citas de Gamal Abdel Nasser:“Nuestra misión es apoyar a toda nación que luche por su libertad.”
“Levanta la cabeza, hermano, la era del colonialismo ha terminado.”
“Hermanos míos, toda la nación árabe y su ejército son ahora uno solo.”
Citas de Gamal Abdel Nasser:
“Nuestra misión es apoyar a toda nación que luche por su libertad.”
“Levanta la cabeza, hermano, la era del colonialismo ha terminado.”
“Hermanos míos, toda la nación árabe y su ejército son ahora uno solo.”

La ciudad habla ahora a través de la antigüedad, los megaproyectos y el lenguaje de la seguridad y la estabilidad —un lenguaje que gestiona poblaciones en lugar de movilizarlas, y que trata la imaginación política como un riesgo. El horizonte anterior ha sido sellado, reemplazado por un orden regional que valora el silencio por encima de la justicia y la estabilidad por encima de la solidaridad.

Y aun así, al escuchar a los hombres palestinos liberados describir sus vidas, nos encontrábamos con la continuidad humana de ese orden enterrado. Sus instituciones han desaparecido, pero su ethos sobrevive en las personas que moldeó. Sus compromisos —con la familia, con la lucha y con un futuro más amplio— lo convocan de nuevo, revelando una imaginación obligada a la clandestinidad, transportada en cuerpos que no pueden ser borrados.

Recuperar esa imaginación significa algo más que recordar a Nasser o invocar una era perdida. Significa movilizarse por su retorno —y por el retorno de todos los palestinos en el exilio—, tratar lo enterrado como una exigencia viva de justicia, una visión que hay que reocupar, reconstruir y activar.

Esto comienza con pasos concretos: amplificar sus voces mediante entrevistas, testimonios y redes de solidaridad con alcance global; presionar a los gobiernos —egipcio, árabes y occidentales— para que cumplan las promesas de reubicación y rechacen el limbo indefinido; apoyar campañas que exijan reunificación familiar, estatus legal y el derecho a regresar a casa; y construir coaliciones que desafíen las políticas de contención mediante la diplomacia, la presión pública y llamados persistentes a la rendición de cuentas, especialmente cuando más de 11.000 palestinos siguen detenidos en cárceles israelíes, con nuevas detenciones y el ciclo de encarcelamiento continuando incluso tras las liberaciones de octubre de 2025.

En sus espíritus intactos no hay solo resistencia, sino una llamada a la acción: el orden enterrado espera a quienes estén dispuestos a desenterrarlo, paso firme tras paso firme.

Texto original en inglés de Rima Najjar.
Traducción y edición para su publicación en castellano: Alkarama.


Rima Najjar es palestina; la familia de su padre procede de la aldea despoblada por la fuerza de Lifta, en las afueras occidentales de Jerusalén, y la de su madre de Ijzim, al sur de Haifa. Es activista, investigadora y profesora jubilada de literatura inglesa en la Universidad Al-Quds, en Cisjordania ocupada.

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