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Manzana envenenada y control mediático

Cuidado con la manzana envenenada

Por Jaldía Abubakra

Tras el anuncio del mal llamado plan de “paz” o acuerdo de alto el fuego en Gaza, la propaganda sionista ha reactivado su maquinaria con nuevos disfraces discursivos. Bajo un lenguaje de falso arrepentimiento y críticas selectivas, se intenta restaurar un relato que oculte la naturaleza colonial del sionismo, criminalice la resistencia palestina y silencie, una vez más, la voz del pueblo ocupado.

Tras hacerse público el mal llamado plan de “paz” o acuerdo de alto el fuego en Gaza, la maquinaria de propaganda sionista ha vuelto a activarse con una intensidad renovada. No se trata de un hecho aislado ni espontáneo, sino de una ofensiva política y mediática cuidadosamente diseñada para recuperar la hegemonía del relato, una hegemonía que el sionismo ha perdido tras más de dos años de genocidio retransmitido en directo, imposible de maquillar, relativizar o blanquear ante los ojos del mundo.

Durante este periodo, el régimen sionista no solo ha quedado expuesto por la magnitud y sistematicidad de sus crímenes de guerra, sino también por la verdadera naturaleza de su proyecto político. El colonialismo de asentamiento, la limpieza étnica y el apartheid no son desviaciones coyunturales ni errores de ejecución: constituyen la esencia fundacional del sionismo. Gaza no es una excepción, ni Netanyahu una anomalía; son expresiones coherentes de un sistema construido sobre el despojo y la eliminación del pueblo palestino.

Ante esta derrota moral y política, la propaganda no desaparece: se transforma. Cambia de lenguaje, adopta un tono supuestamente crítico, se reviste de humanismo y de falsas autocríticas, pero mantiene intacto su objetivo principal: deslegitimar la resistencia palestina, diluir la responsabilidad estructural del sionismo y restaurar la idea de que el problema puede resolverse con ajustes cosméticos.

Hoy esta propaganda se presenta envuelta en discursos de aparente remordimiento. Soldados que conceden entrevistas hablando de su “shock moral”, de su “conciencia herida” o de su “descubrimiento tardío” de los crímenes cometidos. Sin embargo, estos relatos individualizan la violencia y la convierten en un drama personal, ocultando el hecho central: siguen siendo parte de un ejército colonial de ocupación, responsable de masacres sistemáticas y sostenidas en el tiempo. No se trata de errores individuales, sino de una política de Estado.

A la par, emergen figuras mediáticas influyentes —periodistas, analistas, intelectuales— que han comprendido que defender abiertamente a Israel y al sionismo ya no resulta rentable en el debate público internacional. El descrédito es demasiado profundo. La estrategia, por tanto, se desplaza hacia una crítica controlada, cuidadosamente delimitada, que busca salvar el núcleo del proyecto sionista sacrificando a algunos de sus gestores.

En este contexto, muchas personas palestinas y solidarias, incluso con buenas intenciones, terminan amplificando estas voces israelíes “críticas” del actual gobierno de Netanyahu, sin tener en cuenta una realidad fundamental: son mayoritariamente estas mismas capas sociales las que han sostenido, legitimado y llevado al poder al gobierno más largo de la historia del régimen sionista. Se trata de sectores que continúan disfrutando de privilegios materiales, políticos y de movilidad construidos sobre el robo de tierras, la colonización y el despojo del pueblo palestino. Mientras estas voces ocupan espacios mediáticos, tribunas internacionales y grandes plataformas de comunicación, las voces palestinas que defienden la resistencia, la descolonización y el derecho a la autodeterminación siguen siendo sistemáticamente censuradas, criminalizadas o directamente silenciadas.
Mientras las voces israelíes “críticas” son amplificadas, el pueblo palestino que resiste sigue siendo castigado por decir la verdad.

Una de las tácticas más recurrentes de este nuevo relato consiste en convertir a Netanyahu en chivo expiatorio, como si el problema fuera un gobierno concreto y no un régimen estructural. Se pretende instalar la idea de que el sionismo fue alguna vez un proyecto legítimo o incluso progresista, que solo se “desvió” en manos de líderes extremistas. Según esta narrativa, bastaría con un cambio de gobierno para que desaparezca el peligro. Esta tesis no solo es falsa, sino profundamente peligrosa, porque despolitiza el genocidio y exonera al sistema que lo produce.

Este “buenismo” engañoso se combina, además, con una ofensiva directa contra la resistencia palestina. En estos discursos se culpa a la facción que encabeza la resistencia de todas las consecuencias del genocidio, introduciendo deliberadamente la idea de que, si hubo niños asesinados y civiles masacrados, fue porque “había combatientes”. Así se normaliza el concepto de daños colaterales y se legitima implícitamente la eliminación del adversario, incluso cuando ello implique la destrucción total de la población civil.

Se trata de una operación discursiva extremadamente peligrosa, porque invierte la responsabilidad: el ocupante pasa a ser víctima de las circunstancias, mientras el pueblo ocupado aparece como culpable de su propia destrucción. Este marco no solo criminaliza la resistencia, sino que socava uno de los principios básicos del derecho internacional: el derecho de los pueblos sometidos a resistir la ocupación colonial.

En este mismo relato reaparece de forma insistente la idea de que el gobierno sionista “apoyó” a la facción que gobierna Gaza, citando como prueba las transferencias de dinero procedentes de Qatar. Se utiliza este argumento para insinuar que dicha facción sería un instrumento funcional al régimen sionista. Sin embargo, esta lectura omite deliberadamente hechos fundamentales.

En primer lugar, la resistencia frente a la ocupación, el bloqueo y la opresión es legítima, reconocida por el derecho internacional. En segundo lugar, el bloqueo impuesto a Gaza es ilegal y constituye un castigo colectivo, sostenido durante años con el silencio cómplice de una comunidad internacional que tiene la obligación jurídica de proteger y asistir a la población civil bajo ocupación. En tercer lugar, Qatar actúa como un actor estatal con intereses geopolíticos propios, con relaciones normalizadas tanto con la entidad sionista como con Estados Unidos. Y, en cuarto lugar, la intención del régimen sionista nunca fue apoyar a la administración de Gaza, sino domesticarla, gestionarla y contenerla, permitiendo únicamente la entrada mínima de recursos para evitar un colapso total que desbordara sus propios cálculos de control.

Cuando en 2006 una fuerza palestina ganó elecciones democráticas, el castigo fue inmediato. No se le permitió gobernar. Se bloquearon los fondos que legalmente correspondían para salarios, educación y sanidad. Se impuso un cerco total por tierra, mar y aire sobre Gaza y se fomentó activamente la división palestina como estrategia de control. En Cisjordania, pese a contar con una autoridad obediente y sumisa, el régimen sionista no detuvo ni un solo día la expansión de asentamientos coloniales ni el robo sistemático de tierras.

A pesar de esta realidad, hoy resurgen comparaciones interesadas entre facciones palestinas. A unas se las tilda de “violentas” y “radicales”; a otras se las presenta como “moderadas”, defensoras de la convivencia y de unas negociaciones de paz que, durante décadas, solo han servido para ganar tiempo mientras el proyecto colonial avanzaba sin freno.

Después de la barbarie vivida en los últimos dos años, después del precio inmenso pagado por el pueblo palestino, después de más de ocho décadas de lucha ininterrumpida y tras haberse revelado ante el mundo el verdadero rostro del sionismo, es necesario decirlo con claridad:

no mordáis la manzana envenenada.

Sigamos hablando de la descolonización de Palestina, del río al mar. Sigamos afirmando que no hay paz sin justicia, y que no puede haber justicia sin el fin del colonialismo, del apartheid y de la impunidad. Sigamos exigiendo rendición de cuentas para los criminales de guerra. Y, sobre todo, sigamos caminando junto al pueblo palestino en su lucha por sus derechos, su tierra y su dignidad, sin aceptar falsas salidas envueltas en discursos de paz vacía.

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