Mientras alrededor de 70 mujeres palestinas permanecen encarceladas bajo ocupación israelí, el feminismo institucional occidental evita confrontar la complicidad imperial que sostiene el apartheid y la devastación en Gaza. La lucha de las mujeres palestinas redefine el feminismo como proyecto de liberación integral y anticolonial.
Hablar de feminismo sin hablar de Palestina es hablar de derechos sin hablar de poder. Y hablar de Palestina sin hablar de las mujeres es hablar de resistencia sin comprender quién sostiene realmente la vida bajo ocupación, asedio y genocidio.
En Europa y en buena parte del Norte global, el feminismo se ha desarrollado como una lucha por la igualdad dentro de Estados consolidados. Se exigen leyes, representación, reformas institucionales. Son conquistas necesarias. Pero demasiadas veces ese feminismo evita confrontar el papel que esos mismos Estados desempeñan en el orden imperial que sostiene guerras, ocupaciones y sistemas de apartheid.
La experiencia de las mujeres palestinas parte de otro lugar.
La mujer palestina no lucha dentro de un Estado que la discrimina pero la reconoce como ciudadana. Lucha bajo un régimen de colonización de asentamiento que desde 1948 ha expulsado, fragmentado y militarizado su existencia colectiva. Lucha bajo ocupación, bajo muros, bajo checkpoints, bajo arrestos nocturnos, bajo detención administrativa sin cargos, y en Gaza bajo una maquinaria de exterminio sostenida con armas, financiación y cobertura diplomática occidental.
Aquí no hay igualdad formal que reclamar dentro del sistema. El sistema mismo niega su derecho a existir como pueblo.
Una historia de resistencia femenina anticolonial
Desde el Primer Congreso de Mujeres Árabes Palestinas en 1929 hasta la Primera Intifada, las mujeres han estado en el corazón de la lucha anticolonial. Organizaron redes sociales, educativas y políticas; sostuvieron la vida en el exilio tras la Nakba; participaron en el movimiento de liberación en todas sus dimensiones.
Leila Khaled expresó esta unidad entre identidad femenina y lucha nacional con claridad:
“Mi lucha no es como mujer separada de mi pueblo. Mi lucha es la lucha de mi pueblo.”
Durante la Primera Intifada, los comités populares de mujeres organizaron educación alternativa cuando Israel cerró escuelas, coordinaron redes de abastecimiento durante los toques de queda y sostuvieron la infraestructura social de la resistencia. Aquella experiencia demostró que la frontera entre lo “doméstico” y lo “político” era artificial: la supervivencia cotidiana era resistencia.
Las prisioneras palestinas: la cárcel como herramienta de control colonial
Si hay un lugar donde se revela con mayor crudeza la intersección entre colonialismo y género es la prisión.
Actualmente, alrededor de 70 mujeres palestinas permanecen encarceladas por el régimen sionista, entre ellas menores de edad, estudiantes universitarias, madres y mujeres con enfermedades graves. Muchas se encuentran bajo detención administrativa, es decir, encarceladas sin cargos ni juicio, mediante órdenes renovables indefinidamente.
La cárcel no es un accidente del sistema. Es un instrumento central de la ocupación.
Mujeres como Khalida Jarrar han sido detenidas repetidamente por su actividad política y parlamentaria. Aunque su situación legal ha variado a lo largo del tiempo, su persecución ilustra un patrón: la criminalización de la voz femenina organizada.
Otras jóvenes activistas, como Ahed Tamimi, han sido encarceladas por enfrentarse públicamente a soldados en sus propios pueblos, convirtiéndose en símbolo de una generación que rechaza la normalización de la ocupación.
Las prisioneras palestinas han denunciado aislamiento, negligencia médica, amenazas y humillación durante interrogatorios. El cuerpo femenino se convierte en un espacio donde el poder colonial intenta reinstalar el control. Castigar a la mujer que resiste es enviar un mensaje a toda la comunidad.
Como afirmó la activista y ex prisionera Rasmea Odeh:
“Intentaron romperme como mujer para quebrar mi voluntad política. Pero sobreviví.”
Ese es el núcleo del conflicto: el poder colonial intenta disciplinar el cuerpo femenino para disciplinar al pueblo entero.
Feminismo y complicidad imperial
Mientras decenas de mujeres palestinas permanecen encarceladas, la Unión Europea publica estrategias sobre igualdad de género. Gobiernos occidentales organizan campañas institucionales cada 8 de marzo mientras mantienen acuerdos militares, comerciales y tecnológicos con Israel.
La contradicción no es simbólica. Es estructural.
Armas europeas y estadounidenses alimentan la maquinaria militar que bombardea Gaza. Fondos de cooperación fluyen mientras se vetan resoluciones internacionales de protección. El discurso de los derechos humanos convive con la impunidad.
Gran parte del feminismo institucional europeo evita confrontar esta realidad. Se moviliza —con razón— contra la violencia machista interna, pero guarda silencio ante la violencia colonial sistemática que estructura la vida de millones de mujeres palestinas.
Esa selectividad convierte al feminismo en discurso cómodo para el poder.
La académica Nadera Shalhoub-Kevorkian ha insistido en que la violencia contra las mujeres palestinas no puede analizarse sin comprender la matriz colonial que organiza el territorio, la movilidad y la economía. El colonialismo produce condiciones específicas de vulnerabilidad que ningún enfoque liberal puede abordar si evita nombrar el apartheid y la ocupación.
Gaza: mujeres sosteniendo la vida en medio del exterminio
En Gaza, donde barrios enteros han sido arrasados, hospitales bombardeados y familias desplazadas múltiples veces, las mujeres sostienen la vida en condiciones extremas. Paren sin electricidad. Cuidan heridos sin medicinas. Organizan redes de apoyo entre ruinas.
Y mientras tanto, los mismos gobiernos que proclaman compromisos feministas autorizan exportaciones de armas o bloquean sanciones efectivas.
No se puede hablar de feminismo mientras se financia el exterminio.
Elegir qué feminismo defendemos
La lucha de las mujeres palestinas nos obliga a una definición política.
O aceptamos un feminismo integrado en el orden imperial, que celebra avances formales mientras ignora la violencia estructural global.
O asumimos un feminismo de liberación, que entiende que no puede haber justicia de género sin descolonización, sin ruptura con el sistema que produce apartheid, racismo y guerra.
Hoy, cuando alrededor de 70 mujeres palestinas permanecen encarceladas, cuando Gaza ha sido devastada y el pueblo palestino enfrenta una ofensiva que busca borrar su existencia histórica, el feminismo mundial debe decidir de qué lado está.
La solidaridad no puede ser simbólica. Debe traducirse en:
– denuncia frontal de la complicidad europea y occidental
– ruptura de acuerdos militares y comerciales con el régimen de ocupación sionista
– apoyo activo a campañas de boicot, desinversión y sanciones
– defensa pública de las prisioneras políticas palestinas
– reconocimiento explícito del carácter anticolonial de su lucha
Porque cuando una mujer palestina resiste en una celda, en un checkpoint o entre los escombros de Gaza, no está luchando solo por sí misma. Está defendiendo la posibilidad misma de justicia. Y ante eso, no hay neutralidad posible.