Por Rima Najjar
Mark Carney, primer ministro de Canadá, pronunció su discurso especial en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el 20 de enero de 2026. En sus comentarios ante líderes políticos y empresariales de todo el mundo, describió el “orden internacional basado en reglas” posterior a la Segunda Guerra Mundial como algo que se está desvaneciendo y que ya no volverá.
Muchos en la audiencia y en los círculos mediáticos interpretaron su discurso como una muestra de coraje político y claridad en un período de incertidumbre global.
Carney describió el mundo como inmerso en una ruptura, en la que la era de la cooperación predecible está dando paso a una rivalidad intensificada entre grandes potencias. Pero ¿cuándo existió realmente esa era de la cooperación predecible, y para quiénes? Un fragmento representativo capta su mensaje central:
“Sabemos que el viejo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia, pero creemos que a partir de la fractura podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo.”
Sin embargo, la «ruptura» que Carney invoca es menos un diagnóstico neutral de la transformación global que un marcador de desorientación de las élites: el momento en que quienes durante mucho tiempo estuvieron aislados de la volatilidad ahora sienten toda su fuerza _ aquello que desde hace mucho ha sido la condición normal para gran parte del mundo. El orden de posguerra que él añora nunca fue verdaderamente compartido. Proporcionó estabilidad, protección y previsibilidad a los estados occidentales mientras gobernaba al Sur Global mediante la extracción, la intervención, el endeudamiento y la contención. Lo que en Occidente se percibe como quiebre e incertidumbre ha sido, en otros lugares, el funcionamiento habitual del sistema.
Las potencias medias y la gestión de la decadencia
Carney sostuvo que las potencias medias —Estados antes descritos como países desarrollados— deben desarrollar autonomía estratégica y coordinarse en nuevas coaliciones, porque la alineación con potencias mayores ya no garantiza seguridad. Su uso del término “potencia media”, en lugar de “países desarrollados” o “del Primer Mundo”, refleja un desplazamiento político más amplio que se aceleró después de que Estados Unidos perdiera la capacidad de moldear de manera confiable los resultados globales por sí solo. Este declive se hizo visible tras la crisis financiera de 2008, las consecuencias de la guerra de Irak y el colapso más general de la confianza en el liderazgo occidental.
Las grandes potencias que construyeron el orden de posguerra —principalmente Estados Unidos— siguen siendo capaces de generar disrupción y destrucción, pero ya no pueden imponerlo ni restaurarlo de manera unilateral. Los países que antes eran descritos como líderes “desarrollados” del sistema global quedan así relegados al papel de gestores de la inestabilidad: responsables de contener los choques y de mantener unidas instituciones fracturadas, pero sin el poder de establecer ni hacer cumplir las reglas.
Estas potencias medias gastan ahora su energía política en mantener en funcionamiento los mercados, las cadenas de suministro y las instituciones en medio de crisis que no crearon y que no pueden resolver. Ya no moldean las reglas globales. Administran la inestabilidad que esas reglas producen hoy.
Por ejemplo, Canadá ha invertido recursos desde 2022 en estabilizar los mercados de granos y fertilizantes, perturbados por la invasión rusa de Ucrania, un conflicto entre grandes potencias por la expansión y soberanía de la OTAN que Canadá no inició ni puede resolver. Ottawa coordina los corredores de exportación y los suministros alternativos: gestión de crisis posterior, no reescritura de normas .
Del desarrollo a la gestión de riesgos
Esta reclasificación descendente —de líderes a gerentes— es específica de los Estados occidentales. Para los que antes se llamaban países en desarrollo o del Tercer Mundo —ahora comúnmente denominados el Sur Global—, la transformación es paralela, pero más severa: ya no se los concibe como socios emergentes que avanzan hacia la inclusión en un orden compartido, sino como zonas de riesgo que deben ser contenidas y administradas: crisis humanitarias, Estados frágiles, regiones vulnerables al clima, rutas migratorias. La promesa de progreso, por ilusoria que fuera bajo el antiguo sistema, ha sido reemplazada por la gestión permanente.
El discurso de Carney aborda únicamente la degradación occidental. En su marco, el Sur Global aparece principalmente como territorio: lugares de crisis de deuda, exposición climática e inseguridad alimentaria agravada por perturbaciones como la escasez de fertilizantes y granos a raíz de la guerra de Ucrania y el conflicto de Gaza. Estas regiones absorben los impactos; no definen las reglas.
Este encuadre oscurece la agencia que muchos Estados del Sur Global han ejercido durante mucho tiempo _a través del no alineamiento, los litigios legales, el uso estratégico de commodities y la expansión de las coaliciones Sur-Sur que eluden más la coordinación occidental. Sus acciones cuestionan el guion gerencial en lugar de ajustarse a él.
Franqueza sin rendición de cuentas
El discurso de Carney fue inusualmente directo para los estándares de Davos, donde los líderes suelen prometer renovación del multilateralismo, las normas y la cooperación. El tabú más profundo del foro es cualquier lenguaje que impida la continuidad del antiguo orden. Al declararlo terminado, Carney rompió esa norma.
Sin embargo, encuadra el colapso como una volatilidad impersonal, no como el resultado de decisiones, asimetrías de poder y aplicación selectiva de las reglas. La ruptura aparece como una condición que debe gestionarse mediante la coordinación y la resiliencia, no como algo producido por actores y políticas concretas. La responsabilidad se vuelve gerencial: contención sin autoridad, valores sin capacidad de aplicación, estabilidad sin rendición de cuentas.
Aplicación selectiva e impunidad estructurada
Carney alude a la impunidad estadounidense sin mencionarla como método de gobierno. Desde el inicio del orden de posguerra, Estados Unidos moldeó la aplicación selectiva de la ley e integró la excepción en su diseño central.
Defendió el poder de veto en las Naciones Unidas, protegiendo a las grandes potencias de su aplicación. En Núremberg, protegió los bombardeos aliados mientras perseguía a los enemigos derrotados. Durante la descolonización, apoyó a Francia y Gran Bretaña cuando trataron la violencia en Argelia y Kenia como una necesidad política en lugar de un delito legal. Desde el principio, la ley operó jerárquicamente: restringiendo a los enemigos y a los Estados más débiles, mientras protegía a los aliados.
Dentro de esta estructura, Estados Unidos convirtió a Israel en su excepción protegida más duradera a las reglas. Los vetos estadounidenses, la cobertura diplomática y la ayuda militar blindaron la ocupación, la expansión de asentamientos, la anexión y las operaciones militares a gran escala repetidas frente a cualquier mecanismo de aplicación. Hubo condenas; nunca hubo consecuencias.
Las élites estadounidenses y aliadas sostuvieron este arreglo mediante la creencia en su manejabilidad: la idea de que la excepción podía controlarse, contenerse y estabilizarse a través de una aplicación selectiva de las normas.
Esa creencia se está derrumbando. La excepción ha perdido sus límites y su cobertura. Los actores que antes la contenían ahora la operan abiertamente, continuamente y a gran escala.
Gaza marca el punto de inflexión. La excepción ya no aparece como una desviación episódica; funciona como un método permanente. La infraestructura civil es destruida a gran escala. El acceso humanitario se convierte en un problema de gestión logística. Los tribunales emiten dictámenes sin efectos. Los gobiernos invocan el derecho internacional mientras lo suspenden en la práctica mediante vetos, transferencias de armas y protección diplomática. Los medios globales difunden aquello que las instituciones antes suprimían.
Los sistemas construidos sobre la excepción administrada dependen de la percepción de que la excepción estabiliza el orden. Cuando la excepción se vuelve permanente y explícita, el derecho deja de legitimar el poder y, en cambio, expone la jerarquía.
Carney describe la erosión, pero se niega a identificar su causa: el colapso del acuerdo de posguerra que eximió a las grandes potencias —sobre todo a Estados Unidos y sus aliados— de aplicar la ley que proclaman. Mencionar esto violaría el tabú más profundo de Davos. Revelaría que la crisis de legitimidad es estructural, no contingente.
El enfoque de Carney presupone que los Estados occidentales capaces pueden preservar la estabilidad sistémica mediante la coordinación, el lenguaje jurídico y la alineación institucional, incluso cuando la confianza pública en el orden internacional se derrumba y aliados poderosos bloquean la aplicación del derecho internacional. La legitimidad se ha convertido en algo que debe estabilizarse mediante la gestión, en lugar de recuperarse a través de la confrontación con el poder.
Dinamarca como el caso techo
Dinamarca demuestra lo que este enfoque puede lograr y dónde se detiene. El país encaja en la categoría de potencia media de Carney: alta credibilidad institucional, pertenencia a la UE y la OTAN, dependencia de las garantías de seguridad estadounidenses y alcance coercitivo limitado. Ha adoptado una postura jurídica más explícita respecto a Gaza. En una sesión informativa del Consejo de Seguridad de la ONU el 23 de septiembre de 2025, el embajador de Dinamarca declaró que Israel «debe cumplir con el derecho internacional, incluido el derecho internacional humanitario», y que la catástrofe humanitaria en Gaza «debe cesar».
Este es el límite superior del modelo. Dinamarca puede articular normas jurídicas, apoyar a los tribunales internacionales y hablar públicamente sobre la protección de la población civil. No puede imponer consecuencias a sus aliados. La alineación con la OTAN, la presión estadounidense y la dependencia en materia de seguridad limitan su capacidad de acción.
El mismo patrón se observa en la respuesta de Dinamarca a la presión estadounidense sobre Groenlandia en enero de 2026. Cuando Donald Trump reiteró sus exigencias sobre el estatus de Groenlandia, Dinamarca respondió con un lenguaje jurídico y de soberanía, en lugar de recurrir al poder. El primer ministro declaró que la soberanía de Groenlandia «no está en juego». Los principios sustituyeron al poder; la ley, a la coerción.
Estos límites reflejan una estructura. Dinamarca opera dentro de un orden que castiga más la aplicación de la ley que su violación. El lenguaje jurídico que adopta ha sido impulsado por la presión pública, no por la coordinación de las élites. La legitimidad vuelve a entrar en la política a través de la presión social, no de la gestión institucional.
Una potencia media dispuesta a asumir pérdidas materiales para hacer cumplir el derecho internacional iría más allá de este marco. Dinamarca no toma ese camino porque el sistema vuelve estructuralmente costosa esa acción. El modelo administra el declive. No altera la jerarquía.
La franqueza, la terapia y el aplauso humano
El coraje de Carney reside en nombrar el viejo orden como una “ficción parcialmente falsa” y “útil”, sostenida por una conformidad performativa colectiva. Sin embargo, tras diagnosticar una hipocresía estructurada, prescribe una terapia gerencial: resiliencia, coordinación y un asiento más fuerte en una mesa cuyo menú sigue siendo controlado por otros.
Lo que permanece es el costo humano de un sistema sin rumbo. Las personas en esa sala de Davos no son solo funcionarios y representantes. Son individuos atrapados en una gestión interminable de crisis, en una inestabilidad constante y en una contradicción permanente. Integran instituciones que ofrecen contención, no soluciones. Cargan con responsabilidades sin control. Año tras año, escuchan los mismos diagnósticos, administran los mismos fracasos y repiten el mismo lenguaje.
En un foro construido sobre el optimismo ritualizado, incluso una honestidad modesta se siente revolucionaria. El simple rechazo a la falsa tranquilidad parece un acto de coraje. La ovación de pie expresa esa psicología: no una creencia en el cambio, sino un desahogo. Un momento de reconocimiento que no altera nada. El sistema permanece intacto. El aplauso se convierte en un permiso emocional para exhalar.
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Rima Najjar es una palestina cuya familia paterna proviene de Lifta, una aldea despoblada a la fuerza, en las afueras occidentales de Jerusalén, y su familia materna es de Ijzim, al sur de Haifa. Es activista, investigadora y profesora jubilada de literatura inglesa en la Universidad Al-Quds, Cisjordania ocupada.