La instrumentalización del descontento social como arma imperial contra la soberanía de los pueblos
En diciembre de 2025, el Mossad rompió uno de los últimos límites de la guerra política moderna al dirigirse públicamente, en persa, a la población iraní en pleno estallido social. No se trató de solidaridad ni de apoyo a las reivindicaciones populares, sino de una operación de inteligencia a cielo abierto destinada a contaminar la protesta, justificar la represión y destruir el espacio político. En este artículo, Rima Najjar desnuda la lógica imperial que convierte los movimientos populares del mundo árabe y persa en instrumentos desechables de la dominación regional, una lógica cuya piedra angular sigue siendo la negación sistemática de la soberanía palestina.
Articulo publicado en ingles y traducido al castellano por Alkarama
La artesanía del espionaje del Mossad: de la hasbará a la inteligencia pública
Cómo el poder moderno destruye los movimientos de protesta
Hay algo profundamente desorientador en que un servicio de inteligencia se dirija a una población extranjera en medio de protestas en curso, en su propio idioma, llamándola a salir a las calles y sugiriendo, con total ligereza, que ya se encuentra entre ella. El reciente mensaje del Mossad en X hace exactamente eso. Es una arrogancia criminal..
A finales de diciembre de 2025, mientras se desarrollaban protestas callejeras en todo Irán, el Mossad publicó un mensaje en persa en su cuenta oficial. The Jerusalem Post lo amplificó de inmediato, citando sus líneas centrales, en las que instaba a los iraníes a “salir juntos a las calles” y afirmaba que agentes del Mossad estaban “entre vosotros en las calles”. A través de esa amplificación, el mensaje adquirió alcance internacional y funcionó como un acto deliberado de presión psicológica sobre el Estado iraní.
Las protestas en Irán estallaron en medio de un colapso económico real: el rial había caído hasta aproximadamente entre 1,42 y 1,445 millones por dólar, la inflación se acercaba al 42 % y los bienes básicos habían quedado fuera del alcance de amplios sectores de la población. Lo que comenzó con comerciantes cerrando sus tiendas en Teherán se extendió rápidamente por todo el país. En esta realidad volátil, un servicio de inteligencia israelí —con una larga práctica en el teatro en la sombra de las alertas de seguridad y las acciones encubiertas letales— se insertó como actor político público.
Este comportamiento señala un giro en la práctica del poder estatal que exige ser nombrado.
Mensajería de inteligencia pública describe la nueva doctrina que ahora se muestra abiertamente. Bajo este modelo, un servicio de inteligencia abandona tanto la distancia diplomática como la contención encubierta. Se dirige directamente a una población extranjera —en su propio idioma, durante disturbios en tiempo real— afirmando abiertamente su identidad como agencia de espionaje e incluso reivindicando proximidad física con los manifestantes. La guerra psicológica pasa del canal trasero al escenario principal.
Las consecuencias siguen un guion rígido.
Históricamente, la influencia política externa se desplazaba por dos vías principales: la propaganda clásica y la intervención encubierta. Ambas preservaban un principio crítico: proteger a los movimientos internos de un control extranjero visible. La mensajería de inteligencia pública destruye esa barrera. Su propósito no es persuadir, sino escalar: señalar la penetración del régimen, alentar a los manifestantes a asumir mayores riesgos, desestabilizar a las élites gobernantes y provocar una respuesta de seguridad agresiva. La legitimidad de la protesta se derrumba. Las autoridades adquieren una justificación inmediata para la represión securitizada. El espacio político se contrae. La población civil paga el precio.
La respuesta de Irán se desarrolló exactamente conforme a este guion. Sometidas desde hace tiempo a presiones externas —en particular las sanciones estadounidenses, reimpuestas e intensificadas mediante el mecanismo de reactivación automática de sanciones de la ONU en septiembre de 2025, ampliamente reconocido como el principal motor de la crisis monetaria— y frente a esfuerzos documentados de infiltración israelí dirigidos a desestabilizar el régimen, las autoridades iraníes reconocieron el mensaje en persa del Mossad, inusualmente explícito, por lo que era: una confirmación adicional de incitación extranjera y penetración activa. El resultado fue previsible: arrestos masivos, restricciones generalizadas de internet y dispersión violenta de multitudes. Precisamente el desenlace que la intervención del Mossad buscaba provocar.
La misma dinámica se desarrolló en Venezuela. Un bolívar que perdió aproximadamente el 80 % de su valor en 2025, una inflación proyectada de tres dígitos y la ampliación de las brechas del mercado negro generaron una grave penuria social. En ese contexto, el presidente Maduro enmarcó explícitamente a sectores de la oposición como vehículos de influencia sionista, junto con la invocación de sanciones estadounidenses, supuestos ataques con drones de la CIA en territorio venezolano y autorizaciones públicas para operaciones estadounidenses. Estas afirmaciones sirvieron de justificación para despliegues militares, detenciones masivas de figuras opositoras y la criminalización sistemática de la disidencia como conspiración extranjera: un reflejo casi exacto del guion que hoy se despliega en Irán.
En ambos casos, el poder intervencionista no incurrió en ningún costo significativo. La sociedad objetivo absorbió el daño —económico, político y humano—.
El mismo patrón se repite en toda la región, a gran escala, y la intervención del Mossad en Irán expone la lógica que lo gobierna. El levantamiento sirio de 2011 fue rápidamente absorbido por la competencia entre servicios de inteligencia regionales y la guerra por delegación, transformando una revuelta popular en una catástrofe nacional prolongada cuyas consecuencias humanitarias persisten incluso tras el cambio de régimen en 2024. El movimiento Tishreen de Irak en 2019 —un levantamiento juvenil masivo contra la corrupción, el desempleo y la dominación extranjera— se topó con una represión letal tras la penetración de inteligencias extranjeras, incluidas operaciones israelíes y estadounidenses, que contaminaron su espacio político y proporcionaron al Estado el pretexto para una supresión securitizada. El conflicto interno de Yemen se convirtió en la base de una guerra impulsada externamente, en la que la coordinación de inteligencia israelí y occidental con fuerzas saudíes y emiratíes transformó una fractura interna en desplazamientos masivos, hambre sistemática y nuevas escaladas en 2025 que bloquearon cualquier solución política. El colapso económico del Líbano, agravado por la guerra de 2023–2024 con Israel, sufre ahora una remodelación constante mediante ataques israelíes casi diarios, exigencias de desarme respaldadas por Estados Unidos y una actividad sostenida de inteligencia israelí que asfixia lo que queda del espacio político interno.
En cada uno de estos casos, el mismo mecanismo rige el desenlace. Movimientos populares auténticos chocan con agendas de inteligencia externas que penetran el espacio de protesta, contaminan su legitimidad y convierten la movilización cívica en teatro geopolítico. La incitación pública del Mossad en Irán hace visible un sistema que normalmente opera tras el telón.
El “apoyo” de inteligencia extranjera a los movimientos de protesta produce el efecto inverso al que declara. Despoja a los movimientos de credibilidad, proporciona a los gobernantes autoritarios la arquitectura justificativa para la represión y acelera el colapso del espacio político. Allí donde el mensaje del Mossad afirma solidaridad, entrega exposición; donde promete empoderamiento, genera aislamiento; donde gesticula hacia la libertad, fabrica las condiciones previas del aplastamiento. La retórica internacional circula en el lenguaje de la democracia y la solidaridad; la realidad política vivida produce agotamiento, fragmentación y desesperación.
Este ciclo emerge directamente del orden regional posterior a la Guerra Fría. Estados Unidos e Israel presiden un sistema que trata la soberanía popular en los mundos árabe y persa como desechable. Palestina expone la lógica que gobierna ese sistema. Su soberanía negada —arraigada en el singular Mandato Británico posterior a la Primera Guerra Mundial, que incorporó la Declaración Balfour sin ninguna vía hacia la independencia— funciona como la piedra angular de una asimetría regional permanente. El objetivo estratégico central de Israel se desprende con claridad: impedir cualquier configuración política cohesionada capaz de limitar la supremacía militar israelí o de consolidar una resistencia en torno a la liberación de Palestina. La instrumentalización sistemática de otros movimientos populares en la región sirve a ese objetivo.
Dentro de esta arquitectura, la amplificación por parte de The Jerusalem Post del mensaje en persa del Mossad pierde cualquier apariencia de anomalía. El acto se vuelve legible. Como medio sionista, el diario extiende el alcance de la operación psicológica: proyecta penetración y fortaleza israelíes, refuerza la moral interna, señala disuasión a los adversarios y explota agravios económicos reales —colapso monetario, inflación, penuria cotidiana— para desestabilizar Irán, permaneciendo al mismo tiempo aislado de las consecuencias impuestas a la población civil iraní.
El “apoyo” ofrecido en estos mensajes convierte la esperanza civil en daño colateral y los movimientos de protesta en instrumentos desechables de la competencia de poder regional. Lo que comenzó como una provocación política de un orden obsceno se resuelve como doctrina de gobierno: calculada, irresponsable y devastadora para la soberanía popular.
El imperio moderno ya no reprime la disidencia únicamente mediante tanques y prisiones. Gobierna la disidencia contaminándola: insertando el poder de inteligencia directamente en la lucha civil y observando luego cómo la represión se despliega de manera inevitable.
Esa maquinaria opera ahora a plena vista.
Rima Najjar es palestina. La familia de su padre procede del pueblo forzosamente despoblado de Lifta, en las afueras occidentales de Jerusalén, y la familia de su madre es de Ijzim, al sur de Haifa. Es activista, investigadora y profesora jubilada de literatura inglesa en la Universidad Al-Quds, en Cisjordania ocupada.
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