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Imperialismo sin sorpresa: Venezuela, Estados Unidos y la soberanía bajo amenaza

El siguiente artículo de Rima Najjar ofrece un análisis profundo y crítico sobre la intervención estadounidense en Venezuela y la persistencia de la lógica imperial en las Américas. Desde una lectura histórica y política, la autora desmonta el relato mediático de la “excepcionalidad” y expone la continuidad de una doctrina de dominación que sigue negando la soberanía de los pueblos del Sur Global. Publicamos este texto por su relevancia para comprender los mecanismos del poder imperial, sus efectos sobre los procesos populares y su conexión directa con otras realidades de agresión, ocupación y negación de la autodeterminación, como la que vive el pueblo palestino

Texto original de Rima Najjar. Traducción al castellano realizada por Alkarama.

Por qué seguimos sorprendiéndonos: Maduro, Trump y la política del poder en las Américas

Rima Najjar

I. La persistencia de la sorpresa

El sobresalto ritual que acompaña cada nueva intervención militar estadounidense en el siglo XXI se ha vuelto casi grotesco. Es comprensible quedar impactados por la magnitud y el descaro de la operación de Estados Unidos en Venezuela —el despliegue de más de 150 aeronaves que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa el 3 de enero de 2026—. Resulta razonable asombrarse por la rapidez con la que se ejecutó y por la escasa resistencia que encontró, lo que dejó al descubierto la fragilidad de regímenes sostenidos más por la retórica que por un respaldo institucional real. Tampoco sorprende que aún se intente comprender cómo Hugo Chávez, gracias a su carisma y a su dominio de los medios, logró durante tanto tiempo ocultar el progresivo deterioro institucional: un Estado vaciado, un aparato económico colapsado por su dependencia del petróleo y una deriva hacia una forma de gobierno cada vez más militarizada, fragilidades que el sistema bolivariano nunca consiguió transformar en instituciones sólidas y duraderas.

Lo verdaderamente difícil de creer es la tendencia a calificar esta intervención como “trágica, compleja, excepcional o controvertida”, en lugar de reconocerla como un episodio más —perfectamente reconocible— del repertorio histórico estadounidense. Esa reacción revela una amnesia histórica consciente. Evita enfrentar una constante de larga duración: la doctrina estadounidense de dominación hemisférica, un patrón de acción unilateral que se extiende sin interrupción desde la Doctrina Monroe de 1823 y el Corolario Roosevelt, pasando por los golpes y cambios de régimen de la Guerra Fría en Guatemala, Chile, Granada y Panamá, hasta las invasiones posteriores al 11 de septiembre en Afganistán, Irak y Libia.

II. Continuidad sin uniformidad

La política exterior de Estados Unidos ha atravesado reorientaciones significativas, plasmadas en sucesivas Estrategias de Seguridad Nacional: desde el énfasis de la administración Obama en el multilateralismo y la llamada “paciencia estratégica”, hasta el unilateralismo explícito del “America First” de Donald Trump. Estos giros provocaron tensiones burocráticas reales y modificaron los umbrales de intervención. Sin embargo, por encima de esas diferencias persiste una constante: la pretensión de arrogarse el derecho a decidir los resultados políticos dentro de su autoproclamada esfera de influencia, recurriendo a la fuerza siempre que el cálculo político y estratégico lo permita. Lo sorprendente no es la intervención en sí, sino que todavía nos sorprenda, pese al prolongado historial estadounidense de una secuencia conocida: intervención, derrocamiento del gobierno y una inestabilidad tan previsible como duradera.

III. Fabricar la excepcionalidad: medios, memoria y fábulas morales

Detrás del asombro público opera una fuerza más profunda: el persistente —y casi conmovedor— sesgo de optimismo humano, esa convicción silenciosa y desesperada de que esta vez el patrón finalmente se romperá, aun cuando todos los precedentes indiquen lo contrario. Esa necesidad de esperanza debilita el juicio histórico y abre el camino al borrado deliberado de la memoria colectiva.

Los ciclos informativos permanentes presentan cada crisis como si fuera completamente nueva, desprovista de contexto histórico, permitiendo que las lecciones aprendidas en Granada, Panamá, Irak o Libia se desvanezcan sin resistencia. En los días posteriores al 3 de enero, los grandes medios estadounidenses reprodujeron fielmente este mecanismo. Fox News y medios afines celebraron la operación como un golpe decisivo contra el “cabecilla de una vasta red criminal responsable del tráfico de enormes cantidades de drogas ilícitas hacia Estados Unidos”, encuadrándola como una acción antidrogas y no como una demostración de poder imperial. CNN y MSNBC, aunque con un tono más moderado, centraron también el relato en acusaciones de narcoterrorismo, conspiración para el tráfico de cocaína y cargos por armas, un lenguaje propio del crimen organizado interno que diluye la dimensión de una agresión militar contra un Estado soberano. La imagen de Maduro vendado y esposado, exhibido a bordo del USS Iwo Jima, se repitió sin descanso, pero casi nunca se la situó dentro de la larga tradición estadounidense de capturar y trasladar por la fuerza a dirigentes extranjeros para ser juzgados.

Este olvido cuidadosamente administrado se completa con una simplificación moral extrema. Al público occidental se le ofrecen relatos binarios que borran la coexistencia de avances sociales y derivas autoritarias en las trayectorias de figuras como Hugo Chávez o Nicolás Maduro, reduciéndolos a villanos unidimensionales y haciendo que la intervención aparezca como una respuesta obvia y legítima. El propio lenguaje de la acusación —“asociarse con algunos de los narcotraficantes y narcoterroristas más violentos del mundo”— cumple esta función, transformando a un dirigente político polarizador en una caricatura de capo criminal cuya eliminación no requiere mayor explicación.

Subyace aquí una creencia cultural más profunda: la fe en el progreso lineal, la idea de que cada intervención constituye una anomalía y no la continuación de una lógica histórica, de que el curso del tiempo tiende espontáneamente hacia la moderación. Incluso medios críticos como The New York Times o The Guardian, al tiempo que reconocen la ilegalidad o el “precedente peligroso” de estas acciones, suelen comenzar subrayando el carácter autoritario de Maduro, lo que suaviza la radicalidad del uso unilateral de la fuerza al presentarlo como una respuesta a un mal mayor. Así, la operación se percibe como una excepción trágica dentro de un orden supuestamente en mejora, y no como la manifestación más reciente de una doctrina imperial persistente. Mediante esta secuencia —esperanza, olvido y simplificación— se mantiene la ilusión de que el imperio actúa no por prerrogativa, sino en defensa forzada de valores universales.

IV. El asombro como forma de resistencia moral

Sin embargo, ni siquiera este proceso de olvido logra imponerse por completo. El asombro que reaparece tras cada intervención es mucho más que ingenuidad: encierra una fuerza obstinada y profundamente humana, una forma de resistencia, una negativa consciente a renunciar al mundo que alguna vez se prometió. La realidad vuelve una y otra vez, implacable y sin cambios sustanciales, pero la negativa a aceptarla como definitiva persiste.

Esa misma resistencia se expresa cuando el pueblo palestino recibe cada nueva atrocidad israelí con incredulidad renovada. Mantener el asombro es, para ellos, una forma de sostener la esperanza de justicia y de intervención, conscientes de que aceptar la brutalidad como permanente significaría clausurar toda posibilidad de un futuro distinto.

De manera paralela, personas del Sur Global —e incluso sectores cada vez más desencantados en Occidente— continúan reaccionando con estupor ante la imagen de un presidente en funciones arrancado de su hogar a punta de pistola, trasladado a Manhattan y sometido a juicio por cargos que buscan criminalizar la totalidad de su mandato. Pese a lo reiterado del patrón, ese asombro persiste como un acto de desafío. Se niega a normalizar una soberanía condicionada, en la que el veredicto final sobre la legitimidad política no se dicta en Caracas, sino en Washington. Dejar de sorprenderse equivaldría a abandonar la convicción moral de que otro mundo sigue siendo posible, uno en el que la dominación hemisférica ceda paso a la autodeterminación real de los pueblos.

V. Asombro selectivo: la fractura social venezolana

El impacto del asombro no es uniforme: sigue las huellas de la historia y de la experiencia acumulada.

Fuera del mundo occidental —y entre quienes están acostumbrados a la injerencia estadounidense en América Latina, desde Granada en 1983 hasta Haití en 1994—, la reacción fue mucho más contenida. El mayor estupor se concentró en sociedades occidentales aún aferradas a la ficción de un orden internacional “basado en reglas”. En regiones marcadas durante generaciones por la intervención extranjera, predominó un tono más sobrio: una resignación cansada, atravesada por corrientes persistentes de resistencia que se expresan en la organización popular, las redes de solidaridad y las distintas formas de oposición al dominio impuesto.

Dentro de Venezuela, esta distribución desigual del asombro reflejó las profundas fracturas creadas por décadas de polarización política. Entre los partidarios del chavismo —militantes duros, leales de los consejos comunales, redes de colectivos y cuadros de seguridad cuyas identidades y medios de subsistencia estaban ligados al Estado bolivariano—, la jornada posterior a la captura tuvo un carácter existencial. El dolor y la indignación reabrieron heridas antiguas: el trauma del Caracazo de 1989, el recuerdo del intento de golpe de 2002 y la persistente narrativa del asedio externo. Para estos sectores, el 3 de enero no fue solo la caída de un presidente, sino el derrumbe de un proyecto político que había prometido dignidad, soberanía y protección frente a la injerencia extranjera.

La oposición interpretó el momento desde otra clave histórica. Para los sectores vinculados al orden previo a Chávez, se trató de la implosión largamente esperada del poder bolivariano. Para activistas más jóvenes, marcados por los ciclos de protesta reprimidos en 2014 y 2017, el acontecimiento pareció abrir una rendija de oportunidad política. Aun así, las respuestas fueron dispares: las élites económicas calcularon beneficios, los movimientos de base se prepararon para una nueva decepción y la población en general, curtida por años de crisis, reaccionó con un pragmatismo cauteloso, consciente de que toda “transición” suele venir acompañada de nuevas formas de violencia y desposesión.

Para el 5 de enero, el vacío de poder se había reorganizado en torno a Delcy Rodríguez, vicepresidenta de larga trayectoria y ministra de Petróleo. El Tribunal Supremo de Justicia, alineado con el chavismo, le transfirió la autoridad presidencial invocando el artículo 233 de la Constitución y la “ausencia forzada” de Maduro como consecuencia de una agresión extranjera. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el alto mando militar respaldaron la decisión, mientras figuras como Diosdado Cabello movilizaron a la base del partido en defensa de la continuidad del proyecto bolivariano. En su primer discurso, Rodríguez calificó la operación estadounidense como un “secuestro bárbaro”, reafirmó la legitimidad de Maduro y llamó a la resistencia y a la unidad nacional frente al imperialismo.

No obstante, en pocos días el escenario comenzó a modificarse. Las declaraciones públicas de Trump —asegurando que Estados Unidos “gestionaría” Venezuela de forma “muy juiciosa”—, junto con amenazas directas contra Rodríguez en caso de no cooperar, alteraron el equilibrio. Se crearon comisiones de diálogo, se apeló a la “coexistencia pacífica” y se insinuó una apertura condicionada hacia Washington. Al mismo tiempo, el secretario de Estado Marco Rubio dejó claro que la presión estadounidense se ejercería mediante el despliegue militar regional y la amenaza de nuevas acciones, más que a través de una administración directa. Rodríguez se mueve así en un estrecho margen: satisfacer las exigencias estadounidenses en materia de petróleo e infraestructuras, mientras intenta contener a los sectores chavistas que consideran cualquier concesión una traición.

Este arreglo transitorio chocó con la narrativa opositora. María Corina Machado reclamó que Edmundo González Urrutia asumiera la presidencia y el control de las fuerzas armadas, mientras se llamaba a la deserción militar y se proclamaba el fin del chavismo. Trump, sin embargo, optó por ignorar a la oposición y tratar con Rodríguez como una interlocutora más funcional, atraído por su vínculo con el sector energético y por la posibilidad de estabilizar el país sin desmantelar las redes de poder existentes.

El resultado no fue ni colapso ni renovación, sino una recalibración. Las estructuras de poder sobrevivieron bajo nuevas condiciones. La prerrogativa estadounidense fijó los límites de lo políticamente aceptable. La soberanía popular siguió presente, pero cada vez más condicionada, supeditada tanto a la aprobación externa como a la disposición de las élites internas —militares, judiciales, partidarias y económicas— a acatar las exigencias de Washington en el diseño del orden venezolano posterior a la intervención.


El análisis de Rima Najjar no se limita a Venezuela. Nos interpela sobre un orden internacional construido sobre la intervención, la coerción y la soberanía condicionada. Frente a la normalización del secuestro político, la agresión militar y la criminalización de proyectos populares, el asombro persistente no es ingenuidad: es una forma de resistencia moral. Desde Alkarama, reafirmamos que la lucha por la autodeterminación de los pueblos —en Venezuela, en Palestina y en todo el Sur Global— exige memoria histórica, claridad política y una solidaridad internacionalista que no acepte la dominación como destino

Rima Najjar es palestina. La familia de su padre procede del pueblo forzosamente despoblado de Lifta, en las afueras occidentales de Jerusalén, y la familia de su madre es de Ijzim, al sur de Haifa. Es activista, investigadora y profesora jubilada de literatura inglesa en la Universidad Al-Quds, en Cisjordania ocupada.

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