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Columna de humo sobre Arab Salim, en el sur del Líbano, después de un ataque aéreo israelí.

Israel vuelve a bombardear el sur del Líbano ante el silencio de la comunidad internacional

Israel ha vuelto a atacar este domingo distintas localidades del sur del Líbano. En Arab Salim, sus aviones bombardearon edificios después de ordenar previamente a la población que abandonara la zona. En Nabatieh al-Fawqa, un ataque destruyó el hospital Ghandour. Los nuevos bombardeos, que han dejado al menos cuatro muertos y 20 heridos, vuelven a mostrar una realidad que se está normalizando peligrosamente: Israel ataca territorio libanés, amenaza a su población y destruye viviendas e infraestructuras mientras continúa actuando con una impunidad prácticamente absoluta.

El ejército israelí lanzó este domingo 6 de septiembre una nueva oleada de ataques contra el sur del Líbano, con especial intensidad en la gobernación de Nabatieh. En Arab Salim, Israel había emitido previamente una orden dirigida a los habitantes de un edificio y de las construcciones próximas para que abandonaran inmediatamente la zona. Poco después llegaron los bombardeos. Dos mujeres murieron en los ataques contra la localidad y varias personas resultaron heridas.

Arab Salim no fue el único lugar atacado. La aviación israelí bombardeó también Nabatieh al-Fawqa, Zawtar al-Sharqiya y otras zonas del sur del país. Uno de los ataques alcanzó el hospital Ghandour, en Nabatieh al-Fawqa, que quedó destruido. El balance provisional de esta nueva jornada de ataques asciende al menos a cuatro personas asesinadas y 20 heridas, entre ellas tres menores.

Los bombardeos de este domingo tampoco constituyen un episodio aislado. Apenas un día antes, Israel había atacado nuevamente diferentes puntos del sur del Líbano. En al-Mansouri, al sur de Tiro, sus fuerzas realizaron explosiones y la aviación lanzó dos ataques consecutivos contra viviendas de la localidad. Según la Agencia Nacional de Noticias libanesa, las fuerzas israelíes utilizaron además un barril cargado con explosivos cuya detonación pudo escucharse en las localidades próximas. También fueron atacadas otras zonas del sur y del este del país.

No estamos, por tanto, ante un único bombardeo ni ante un incidente excepcional, sino ante una sucesión de ataques sobre territorio libanés que continúa mientras Israel mantiene tropas dentro del propio Líbano. Israel ha presentado los bombardeos de este domingo como una respuesta al lanzamiento de dos drones de Hezbolá contra sus fuerzas. Pero hay un dato fundamental que no puede desaparecer detrás de este relato: las fuerzas israelíes contra las que, según Israel, fueron lanzados esos drones se encuentran operando dentro de territorio libanés, en lo que Israel denomina unilateralmente una «zona de seguridad».

Esta realidad invierte constantemente los términos de lo que está ocurriendo. Israel mantiene tropas dentro del Líbano, realiza operaciones militares en su territorio, sobrevuela su espacio aéreo, bombardea sus localidades, destruye viviendas e infraestructuras y decide qué edificios deben abandonar sus habitantes antes de destruirlos. Después presenta sus propios ataques como actos defensivos.

Las órdenes de evacuación forman parte de esta misma lógica. Advertir a una población de que debe abandonar su casa antes de bombardearla no convierte el bombardeo en legítimo ni concede a Israel autoridad alguna para decidir qué edificios pueden permanecer en pie dentro del territorio de otro país. Sin embargo, estas órdenes terminan presentándose demasiadas veces como si fueran una muestra de contención, cuando en realidad colocan a la población libanesa ante una amenaza brutal: abandonar inmediatamente sus viviendas y sus barrios o afrontar las consecuencias de un ataque anunciado de antemano.

La destrucción del hospital Ghandour añade otra imagen a esta realidad. Una infraestructura sanitaria puede ser destruida por un ejército extranjero dentro del territorio libanés y la pregunta vuelve a ser la misma: ¿qué consecuencias afrontará Israel por hacerlo? Hasta ahora, prácticamente ninguna.

Ahí está el problema que trasciende cada bombardeo concreto. Los ataques israelíes sobre el Líbano ya no provocan una respuesta internacional proporcional a su gravedad. Cada nueva incursión se incorpora a una sucesión de bombardeos, amenazas y destrucción que termina tratándose como parte inevitable del paisaje regional. Pero no hay nada inevitable en ello. Existe una impunidad política que permite que Israel continúe utilizando la fuerza contra el Líbano sin afrontar consecuencias capaces de detenerlo, y existe también un silencio internacional que contribuye directamente a esa impunidad.

Los gobiernos que proclaman constantemente su defensa de la soberanía de los Estados y del llamado «orden internacional basado en reglas» tienen muy poco que decir cuando es Israel quien viola la soberanía libanesa. Las condenas, cuando llegan, rara vez se traducen en medidas políticas concretas. No hay sanciones capaces de detener los ataques, no hay aislamiento político y no hay medidas efectivas contra quienes ordenan y ejecutan los bombardeos.

Mientras tanto, son los habitantes del sur del Líbano quienes pagan el precio. Viven bajo los drones, las incursiones aéreas, las órdenes de evacuación y la posibilidad permanente de que una vivienda, una carretera, un hospital o cualquier otro edificio de su localidad sea señalado y bombardeado unas horas después.

Por eso el problema no es solamente que Israel haya vuelto a bombardear Arab Salim. El problema es que puede bombardear Arab Salim hoy, al-Mansouri ayer y otra localidad mañana. Puede mantener tropas dentro del Líbano, atacar desde el aire, destruir viviendas e infraestructuras y ordenar a ciudadanos libaneses que abandonen sus casas, sabiendo que difícilmente encontrará una respuesta internacional que le obligue a detenerse.

Cuando un Estado puede bombardear repetidamente el territorio de otro país sin afrontar consecuencias reales, el silencio deja de ser neutral. Se convierte en una de las condiciones que hacen posible la impunidad.

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