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La geopolítica del desastre: cuando la ayuda también disputa la soberanía de los pueblos

La geopolítica del desastre: solidaridad, soberanía y el futuro de los pueblos

El pueblo venezolano necesita toda la solidaridad del mundo, pero la solidaridad nunca puede convertirse en una nueva forma de injerencia.

Por Jaldía Abubakra

Cuando una catástrofe natural golpea a un pueblo, la respuesta inmediata debe ser siempre la solidaridad. Cada vida rescatada de entre los escombros, cada persona atendida por un equipo sanitario, cada familia que recibe refugio o alimentos representa la mejor expresión de lo que la humanidad es capaz de ofrecer en los momentos más difíciles. Ningún pueblo debería afrontar una tragedia en soledad y toda ayuda orientada a aliviar el sufrimiento merece ser reconocida y apoyada.

El terremoto que ha sacudido Venezuela ha despertado una oleada de solidaridad internacional. Organizaciones populares, brigadas de rescate, personal sanitario, ingenieros, bomberos, voluntariado y equipos especializados de distintos países han puesto sus conocimientos al servicio de un pueblo que hoy atraviesa una situación extremadamente difícil. Esa respuesta demuestra que, frente a la lógica de la competencia y el individualismo, sigue existiendo otra forma de entender las relaciones entre los pueblos: la cooperación desinteresada y el compromiso humano con quien más lo necesita.

Quienes llevamos años denunciando el bloqueo económico, las sanciones, las medidas coercitivas unilaterales y las continuas injerencias contra Venezuela deseamos profundamente que el pueblo venezolano consiga superar cuanto antes esta nueva tragedia. Precisamente porque compartimos esa aspiración, creemos que toda ayuda internacional debe desarrollarse desde un principio irrenunciable: el respeto absoluto a la soberanía del país y al derecho de su pueblo a decidir libremente su propio futuro.

La historia demuestra que las catástrofes naturales nunca ocurren en un vacío político. Además de la devastación humana y material que provocan, suelen abrir escenarios donde también entran en juego intereses económicos, estratégicos y geopolíticos. La reconstrucción de un país no consiste únicamente en levantar edificios derrumbados; también implica decidir quién participa en ese proceso, quién administra recursos, quién establece nuevas relaciones de influencia y qué modelo de futuro comienza a construirse tras la emergencia.

Por esa razón resulta legítimo analizar con cautela cualquier despliegue impulsado por Estados cuya relación con Venezuela ha estado marcada durante décadas por políticas de presión, sanciones económicas, intentos de aislamiento diplomático y diversas formas de intervención. La prudencia no nace del rechazo a la ayuda, sino de la memoria histórica. Los pueblos aprenden de su propia experiencia y saben que las grandes potencias rara vez separan completamente la asistencia humanitaria de sus intereses estratégicos.

Esta reflexión no pretende poner en duda la profesionalidad ni la buena voluntad de quienes participan en las labores de rescate. Ingenieros, médicos, especialistas en protección civil y personal humanitario desarrollan una tarea imprescindible que merece todo el reconocimiento. El problema no son las personas que salvan vidas. El debate se sitúa en otro plano: el de las decisiones políticas de los Estados y la utilización que estos hacen, en ocasiones, de la ayuda internacional como una herramienta más de su política exterior.

La humanidad dispone de miles de profesionales altamente cualificados capaces de acudir allí donde una tragedia golpea a un pueblo sin esperar nada a cambio. Brigadas internacionalistas, organizaciones humanitarias, equipos de rescate y personal sanitario han demostrado durante décadas que es posible practicar una solidaridad basada exclusivamente en la cooperación entre los pueblos. Esa es la diferencia esencial entre el internacionalismo y la lógica de la influencia geopolítica. Mientras el primero busca aliviar el sufrimiento y fortalecer la capacidad de un pueblo para reconstruirse con dignidad, la segunda puede convertir incluso las situaciones más dramáticas en espacios donde ampliar presencia, influencia o capacidad de intervención.

«La solidaridad que nace del internacionalismo salva vidas. La que responde a intereses geopolíticos corre el riesgo de convertir el sufrimiento de los pueblos en una oportunidad de influencia.»

Desde Palestina resulta imposible contemplar este debate sin establecer inevitablemente algunas preguntas. Mientras Venezuela recibe hoy la solidaridad internacional tras una catástrofe natural, Gaza continúa padeciendo una catástrofe provocada por la acción humana. Durante meses, el mundo ha asistido a la destrucción sistemática de hospitales, universidades, escuelas, edificios residenciales e infraestructuras esenciales, mientras miles de personas permanecían atrapadas bajo los escombros sin maquinaria suficiente para rescatarlas y el personal sanitario, periodistas y trabajadores humanitarios eran asesinados o impedidos de desarrollar su labor. Incluso las iniciativas civiles que intentaron romper el bloqueo llevando ayuda a la Franja fueron interceptadas, atacadas o bloqueadas antes de alcanzar su destino.

Esta realidad explica que muchos palestinos y numerosas personas solidarias con Palestina observen con legítima preocupación la presencia internacional impulsada por Estados que, al mismo tiempo, sostienen política, militar o diplomáticamente la guerra contra Gaza. No se trata de negar la necesidad de ayuda a Venezuela ni de cuestionar el trabajo de quienes participan honestamente en las tareas de rescate. Se trata de señalar una contradicción política que resulta imposible ignorar: quienes contribuyen a impedir que la ayuda llegue a un pueblo sometido a una guerra devastadora difícilmente pueden esperar que sus actuaciones en otros escenarios sean contempladas sin espíritu crítico.

Algo semejante ocurre con el proyecto colonial sionista. Su trayectoria histórica en Palestina ha estado marcada por la ocupación, el despojo, la colonización, el apartheid y, en la actualidad, por una guerra que ha destruido gran parte de las condiciones necesarias para la vida en Gaza. Desde esa experiencia, resulta comprensible que muchos pueblos miren con cautela cualquier iniciativa promovida por un Estado cuya política continúa negando derechos fundamentales al pueblo palestino. Esa cautela no nace del prejuicio, sino de la experiencia acumulada de quienes conocen las consecuencias del colonialismo y la ocupación.

Vivimos, además, un momento histórico en el que las formas de dominación han evolucionado. Las invasiones militares directas conviven hoy con mecanismos mucho más sofisticados: sanciones económicas, bloqueos financieros, presión diplomática, control tecnológico, campañas de desinformación, vigilancia creciente e intervenciones legitimadas mediante distintos discursos. La ayuda humanitaria constituye uno de los valores más nobles de nuestra civilización, precisamente por eso debe preservarse de cualquier utilización que pueda desvirtuar su verdadero sentido. Cuando la solidaridad se convierte en una herramienta subordinada a intereses estratégicos deja de responder exclusivamente a las necesidades de quienes sufren y pasa a formar parte de una disputa por el poder.

Frente a esa realidad, los pueblos siguen ofreciendo una lección profundamente distinta. Palestina y Venezuela conocen bien el precio que supone defender la propia soberanía frente a proyectos de dominación impulsados desde el exterior. Ambas han sufrido sanciones, campañas de aislamiento, agresiones políticas y una constante presión para aceptar modelos de desarrollo y relaciones internacionales definidos por otros. Esa experiencia compartida explica que la solidaridad entre ambos pueblos no nazca únicamente de afinidades políticas, sino de una comprensión profunda de lo que significa resistir sin renunciar al derecho de decidir el propio destino.

Defender la soberanía de Venezuela no significa rechazar la ayuda internacional. Significa exigir que esa ayuda responda únicamente a criterios humanitarios y que nunca se convierta en una oportunidad para ampliar mecanismos de dependencia o influencia sobre un pueblo que ya ha soportado demasiadas formas de agresión. La reconstrucción debe fortalecer la independencia del país y la capacidad de su pueblo para decidir libremente su futuro, nunca debilitarla.

Quienes hoy expresamos estas preocupaciones no lo hacemos movidos por la desconfianza hacia la solidaridad, sino precisamente por el deseo de protegerla. La solidaridad auténtica no exige contraprestaciones políticas, no impone agendas, no condiciona decisiones soberanas ni aprovecha el sufrimiento ajeno para ampliar espacios de poder. Ayuda porque reconoce en el otro a un igual y entiende que la dignidad de los pueblos solo puede construirse desde el respeto mutuo.

Venezuela saldrá adelante, como tantas otras veces lo han hecho los pueblos que se han negado a aceptar que su futuro sea decidido desde fuera de sus fronteras. Y cuando llegue ese momento, la mayor victoria no será únicamente reconstruir las ciudades destruidas, sino haber preservado intacto el derecho de su pueblo a decidir, con plena libertad y soberanía, el camino que desea recorrer.

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