Cuatro palestinos de la familia Ramadan fueron asesinados durante un ataque contra la localidad de Tal, al suroeste de Nablus, en un nuevo episodio de la violencia colonial que se extiende por Cisjordania ocupada. Lo ocurrido no puede presentarse como un enfrentamiento entre dos partes iguales: forma parte de una política de desposesión, expansión de los asentamientos y expulsión de la población palestina de su tierra.
La localidad palestina de Tal, al suroeste de Nablus, vivió este viernes una nueva masacre. Faruq Ramadan, Ibrahim Ramadan, Jawad Ramadan e Imran Ramadan fueron asesinados durante un ataque contra la población en el que participaron colonos israelíes armados y fuerzas de ocupación.
Los hechos comenzaron cuando un grupo de colonos irrumpió en la zona y atacó a la población palestina. Las informaciones procedentes del terreno describen ataques contra viviendas y propiedades, mientras los habitantes trataron de hacer frente a la agresión. La intervención del ejército israelí no estuvo dirigida a proteger a la población atacada: las fuerzas de ocupación abrieron fuego y posteriormente desplegaron un amplio dispositivo militar alrededor de Nablus.
En medio del ataque, un hombre palestino logró arrebatar el arma a uno de los colonos y abrió fuego, causando la muerte de un israelí e hiriendo a otros. La versión difundida inmediatamente desde Israel trató de presentar lo sucedido como un ataque palestino aislado, separándolo deliberadamente del contexto en el que se produjo: la entrada de colonos armados en una localidad palestina y la respuesta de sus habitantes ante la agresión.
Reducir lo ocurrido a una supuesta «operación» palestina invierte el orden de los acontecimientos y, sobre todo, oculta una realidad mucho más amplia. La población palestina de Cisjordania ocupada vive sometida a una violencia cotidiana ejercida conjuntamente por el ejército, los colonos y las estructuras del Estado israelí.
La violencia de los colonos no es un fenómeno aislado
Tal no es una excepción. Los ataques contra pueblos palestinos, viviendas, tierras agrícolas, ganado y propiedades forman parte de una dinámica que se ha intensificado de manera extraordinaria en Cisjordania. Los colonos actúan armados y con una impunidad prácticamente absoluta, mientras el ejército israelí protege sus asentamientos, restringe los movimientos de la población palestina y, en numerosos casos, interviene directamente contra quienes intentan defender sus pueblos y sus tierras.
Desde comienzos de 2026, decenas de palestinos han sido asesinados en Cisjordania ocupada. Al mismo tiempo, comunidades enteras sufren ataques destinados a hacer imposible su permanencia: incendios de cultivos y olivares, destrucción de viviendas, robo de ganado, agresiones contra agricultores y pastores, cierre de carreteras y accesos, establecimiento de nuevos puestos coloniales y ocupación progresiva de tierras palestinas.
No se trata simplemente de la violencia de individuos extremistas. Los colonos constituyen uno de los instrumentos mediante los cuales avanza sobre el terreno el proyecto colonial israelí. Allí donde una familia palestina es obligada a abandonar su vivienda, donde una comunidad pierde el acceso a sus tierras o donde un nuevo asentamiento se extiende sobre territorio ocupado, la violencia cumple una función concreta: expulsar a la población palestina y apropiarse de su territorio.
Lo ocurrido en Tal debe entenderse dentro de este proceso.
Una política de expulsión que continúa desde la Nakba
Las imágenes que llegan hoy desde Cisjordania recuerdan inevitablemente una historia que el pueblo palestino conoce desde hace décadas: tierras confiscadas, casas atacadas, familias expulsadas y comunidades enteras sometidas a una presión permanente para obligarlas a marcharse.
La Nakba no pertenece únicamente a 1948. La lógica que la hizo posible —expulsar al pueblo palestino para apropiarse de su tierra— continúa operando bajo nuevas formas.
En Cisjordania, esa política avanza mediante la expansión de los asentamientos, la fragmentación territorial, los puestos de control, las carreteras reservadas a los colonos, las incursiones militares, las demoliciones, las confiscaciones y una violencia colonial cada vez más abierta contra las comunidades palestinas.
Cuando una población atacada intenta defenderse, el relato vuelve a invertirse: el colonizado aparece como agresor y quienes han ocupado su tierra y entrado armados en sus pueblos son presentados como víctimas.
Pero no existen dos fuerzas equivalentes enfrentándose en Tal. Existe un pueblo bajo ocupación y colonización frente a un Estado que dispone de un ejército, controla el territorio y protege una red de asentamientos construidos sobre tierra palestina ocupada.
No puede exigirse a un pueblo que permanezca inmóvil mientras entran armados en sus pueblos, queman sus tierras, atacan sus viviendas y asesinan a sus habitantes. Defender la vida, la familia y la tierra frente a una agresión colonial no convierte al agredido en agresor.
Tal no es un episodio aislado
La masacre de Tal muestra hasta dónde ha llegado la situación en Cisjordania ocupada. La violencia de los colonos y la violencia del ejército forman parte de una misma realidad colonial, mientras la expansión de los asentamientos continúa reduciendo y fragmentando el territorio palestino.
Y todo ello sucede ante una comunidad internacional que continúa tratando cada nueva agresión como un incidente separado, mientras evita enfrentarse al problema de fondo: un sistema de ocupación y colonización que necesita desplazar a la población palestina para seguir expandiéndose.
Cada olivo incendiado, cada vivienda tomada, cada familia expulsada y cada nueva colonia construida modifica la realidad sobre el terreno. La violencia no es únicamente una consecuencia de la colonización: es uno de sus instrumentos.
Por eso Tal no puede quedar reducida a las cifras de una jornada trágica. Los cuatro palestinos asesinados forman parte de una historia mucho más larga: la de un pueblo al que llevan generaciones intentando arrancar de su tierra y que, pese a la ocupación, las masacres, las cárceles, los asentamientos y el desplazamiento forzado, continúa negándose a desaparecer.
La violencia colonial pretende conseguir algo más que conquistar territorio: pretende quebrar la voluntad de quienes lo habitan, convertir la expulsión en destino y hacer creer al pueblo palestino que resistir es inútil. Pero cada familia que permanece en su casa, cada campesino que vuelve a su tierra, cada comunidad que se niega a abandonar su pueblo y cada palestino que defiende su derecho a existir demuestra exactamente lo contrario.
Tal nos recuerda que la Nakba continúa, pero también que continúa la resistencia frente a ella. Porque mientras exista un pueblo dispuesto a defender su tierra, su memoria y su derecho a regresar y vivir libre en Palestina, el proyecto colonial podrá ocupar, destruir y matar, pero no habrá conseguido su objetivo fundamental: borrar al pueblo palestino de su tierra.
Tal seguirá siendo palestina. Nablus seguirá siendo palestina. Y Palestina seguirá perteneciendo a un pueblo que, generación tras generación, se niega a renunciar a ella.